Mater Caritas. Entre los mares tormentosos


Por Luis Enrique Ramos Guadalupe

Cuando los “tres Juanes”, buscadores de sal, zarparon de un punto situado en el litoral de la actual bahía de Nipe para entregarse a la faena que habría de proporcionarles su exiguo sustento, seguramente no percibieron señal alguna de mal tiempo. De lo contrario, lo más probable es que hubiesen desistido de efectuar el periplo costanero que finalmente les condujo hacia la historia.
En aquellos tiempos, aún los más avezados marinos –pilotos y capitanes de naos-, determinaban la salida al mar ateniéndose a una observación previa y cuidadosa de la forma y color de las nubes, las direcciones del viento, la coloración de las estrellas y la configuración facial de la luna. Tales eran los métodos de predicción meteorológica empleados por entonces.

Otras señales que hacían sospechar del estado del tiempo eran la presencia de aves marinas cuando inusualmente invadían las zonas de tierra adentro, la formación de halos solares y lunares y las puestas de sol excesivamente arreboladas. En realidad, no todos estos fenómenos eran válidos para prever un próximo cambio del tiempo, pues los eventos astronómicos nada tienen que ver con ello; sin embargo, la nubosidad y el régimen de vientos sí responden efectivamente a una razón meteorológica, y en más de una ocasión tal observación contribuyó a salvar vidas y barcos.

Ahora bien, no podríamos concebir a los “tres Juanes” haciendo un análisis tan amplio y detallado, sólo al alcance de las Juntas de Pilotos y de los hombres más avezados en la navegación de altura; pero ellos, sin dudas, por su vinculación con el mar, habrían desarrollado esa percepción algo intuitiva y peculiar que la práctica cotidiana y la tradición oral recibida de sus mayores proporcionan al hombre del campo, o al pescador, como elemental preparación para afirmar temprano en la mañana que “el día está marcando agua” o que “esta noche hará virazón”. Son habilidades para apreciar señales precursoras que la praxis regala cuando los seres humanos pretenden entender cómo transcurre su relación con el medio ambiente.

Retomando la historia original, imaginémonos a los tres jóvenes ya en medio del mar, quizás a más de un kilómetro de la cosa, y su estado de ánimo cuando llegaron a divisar en lontananza los oscuros celajes, presagio de tempestad. ¿Qué pudieron haberse dicho en aquel momento…? ¿Se reprocharía alguno no haber escuchado la advertencia que le hizo algún mayor antes de la partida…? ¿Qué decisión adoptaron en medio de las olas que comenzaban a romper contra las frágiles bordas del bote…? Regresar… Continuar… No podemos siquiera imaginarlo.
Es posible, sin embargo, reconstruir el escenario de aquella memorable ocasión.

Primero, el oscuro conglomerado nuboso que emergió de una región determinada del horizonte. En realidad eran nubes del tipo cumulonimbos, que alcanzan topes de hasta ocho y diez kilómetros de altura, o más. Después, el mar que responde al cielo cambiando su coloración del azul verdoso al gris profundo. Seguidamente debió comenzar una llovizna, gruesa como gotas de plomo, y una racha repentina de viento húmedo y frío que bajó desde la misma nube: se trata del “aire de agua”, calificado al decir popular, y que no es más que el flujo descendente del aire desde el nivel de la nube.

El ambiente marino se ha tornado amarrillo en un instante. Fulgura el rayo, y se produce el estruendo sobrecogedor del aire que se dilata y se contrae en fracciones de segundo, siguiendo el camino de la descarga. El aire estalla por la chispa colosal. El impacto de las masas aéreas sobrecalentadas produce el trueno, que aún en nuestros días sigue llenando de sobresalto a los hombres y mujeres contemporáneos, por muy imbuidos que estén en el conocimiento científico.

Los Juanes no tienen sitio donde refugiarse. En pocos minutos el panorama ha cambiado de manera imponente, el bote amenaza volcarse sobre las profundidades y además se va llenando con una mezcla de lluvia y de mar. Los bandazos y cabeceos de la navecilla son pavorosos. No parece posible que sobrevivan por más tiempo sin que sus pulmones se llenen de agua. Están empapados, y el viento furioso les hace sentir un frío que se confunde con las gélidas rociadas del mar y del miedo.

Sólo un milagro puede salvarlos de perecer. Y, felizmente, el milagro se produce y surge de él un giro de la historia. Ahora, muchos años después, se impone una pregunta: ¿qué tipo de tormenta pudo dar lugar al hecho narrado? La ciencia no puede responder a esta interrogante. En el archipiélago cubano ocurren fenómenos meteorológicos de naturaleza tropical de la más diversa índole; nos azotan con determinada frecuencia huracanes, tormentas eléctricas, líneas de lluvias, y chubascos asociados a frentes fríos. Sería gratuito proponer uno de ellos en específico.

Otra cuestión es la hipótesis sobre la hora en la que el hecho ocurrió. Si el evento hubiese sido un huracán, pudo pasar en cualquier momento del día; si fue, en cambio, consecuencia de una tormenta eléctrica, la mayor probabilidad cae en las horas de la tarde. Ello tiene, además, una circunstancia que refuerza la tesis de la tarde, y es que las horas más favorables para partir al mar desde la costa norte de Cuba son las horas tempranas de la mañana, cuando aún sopla el terral (viento cuya dirección va de la tierra al mar) que favorece avanzar bastante hacia altamar antes que comiencen a soplar las brisas marinas que presentan dirección contraria. Por tanto, si se trató de una tormenta eléctrica, esta pudo haberles sorprendido pasadas ya las dos de la tarde.

Con todo, pretender clasificar a punto fijo lo ocurrido hace cuatrocientos años sería un inaceptable acto de inconsistencia. Sin embargo, el tipo de fenómeno en sí mismo nada cambiaría a los fines de la historia.

El acaecimiento de la Virgen que calma las aguas y el viento marca, de un lado, la raigal diferencia con aquellas deidades paganas productoras de tormentas, inundaciones y terremotos dictados como medios para “castigar a los hombres”. El evento de la Caridad del Cobre y los buscadores de sal representan y consuma la victoria del amor sobre el odio, de la paz sobre la violencia y del bien sobre el mal. Del otro, fija con su presencia singular en el contexto geográfico cubano –inequívocamente caracterizado por las más enérgicas manifestaciones de los fenómenos naturales que le son propios-, ese carácter esencial de paz espiritual tan anhelada por los veteranos de la independencia de Cuba que rogaron al Papa, porque tanto la necesitaban después de muchos años sobre las armas y de haber sufrido incontables miserias sociales y políticas.

Finalmente, el pueblo la elevó a sus altares de las más diversas maneras; y los artistas, artífices de pinceles y buriles, colocaron al pie de la imagen aquella nave frágil siempre a salvo sobre los mares tempestuosos. No por obvio, dejaremos de recordar el mensaje expresado en latín junto a las imágenes de entonces, y que aún le acompaña en algunos de nuestros templos: Mater Caritas. In fluctibus maris ambulavit. ¿Es cierto que ciencia y religión marchan por caminos divergentes…? No estemos tan seguros en afirmarlo. El episodio de la Virgen de la Caridad –y actualmente su fiesta anual- se celebran cada año el día 8 de septiembre. Nada significaba dicha fecha cuatro siglos atrás. Sin embargo, los estudios actuales en materia de climatología de los ciclones tropicales, desarrollados sobre una base histórico-estadística, muestran de manera inequívoca que septiembre es el mes más activo de la temporada ciclónica en la cuenca del océano Atlántico. Es el momento del año en el que resulta mayor el número de ciclones. ¿Cómo interpretar este hecho de rigurosa propiedad científica? Queda cada cual a cargo de darse una respuesta.

Viene ahora a mi recuerdo este fragmento de El Silencio de María, texto de Ignacio Larrañaga, que le tomo prestado para cerrar este breve comentario:

Madre del silencio y de la humildad,
tú vives perdida y encontrada
en el mar sin fondo del Misterio del Señor.